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Lo efímero: viajar sin cámara

Lo efímero: viajar sin cámara

A veces parece que las imágenes pueden llenar nuestros espacios vacíos, pueden hacernos completos, conocidos y comprendidos por personas que están al otro lado del mundo.

SIN EMBARGO, TAMBIÉN HAY UN DESGASTE que viene con la toma de fotos, un tic obsesivo que nos hace tomar fotos antes de haber entendido o tomado completamente el momento. Este cansancio me ha sobrepasado dos veces en mi vida, ambas en viajes a México. Con él vino la necesidad de empacar casi nada, de viajar con la ligereza de unas pocas camisetas, zapatos para correr, un par de jeans gastados.

De imágenes, no hay ninguna. Ninguno de mí con el reluciente y musculoso artista callejero cubierto de la cabeza a los pies con pintura plateada en la calle Madero, ninguno de los caniches sarnosos grises que vagaban por la congestionada calle Lázaro Cárdenas como si fuera dueño de la calle, ninguno de los oleaginosos pero siempre tan delicioso cerdo para llenar mi diario Tacos al Pastor. En cambio, tengo recuerdos del metro, del calor de la humanidad y los cuerpos apiñados mientras trato de abrirme paso hacia el vagón del metro. El mar a mi alrededor se agita, pero a pesar de mi mejor intento de presionar mi cuerpo contra la multitud, para moldearme en el pequeño espacio entre las puertas, permanezco en la plataforma del metro. Me quedé atrás.

Por momentos, me sorprende. Extraño mi cámara. Casi me siento discapacitado sin él, como si la cámara fuera una extensión de mi mano. ¿Cómo puedo explicar el alebrijes, las criaturas gigantes imaginarias de hechas de papel maché - sirenas de voluptuosos pechos y tres cabezas, dragones hechos enteramente de pétalos de flores, bestias aladas con colas de serpiente - en el Zócalo? Ríos de personas fluyen por la plaza, todas tomando fotos con sus teléfonos, todas enfocadas intensamente en ver el mundo a través del lente de una cámara. Sigo caminando, grabando las bestias en mi memoria, guardándolas para más tarde.

Cuando camino por la ciudad, la lluvia me empapa hasta la piel. En mi entusiasmo por empacar casi nada, dejé mi paraguas, mi impermeable. Deambulo, bebo atole, piérdete, pasa un vendedor ambulante que vende porno; lentamente la lluvia sobre mi piel se convierte en sudor. Mientras estoy en una esquina esperando para cruzar la calle, un tipo con bigote baja la ventana y me grita "¡Que sabrosa!" El punk vestido de negro con labios teñidos de púrpura que está a mi lado me grita “Así soy yo” y me hace sonreír.

Hago nuevos amigos, pero los identifico por su risa más que por sus caras. Hay algo terriblemente delicioso en ser capaz de reconocer a los amigos desde lejos por el tenor de su risa. Reír incontrolablemente como una hiena, en ráfagas como una ametralladora, o en una serie de tragos e hipo, estos son los sonidos que he llegado a amar. Recuerdo la sensación de labios rozando mi mejilla a modo de saludo, la inesperada intimidad diaria de decir Hola y adiós.

Mis recuerdos de la Ciudad de México son fluidos y efímeros, más sensoriales que cualquier otra cosa. Al final del día, no hay ninguna prueba de que haya hecho nuevos amigos, ninguna prueba de que haya caminado por las calles de la Ciudad de México. Y sin embargo camino, empapado hasta los huesos, sintiendo el pulso de la ciudad.

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